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La sidra

 LA SIDRA

755. Vivimos en una era de intemperancia, y el complacer el apetito del bebedor de sidraes una ofensa contra Dios. Junto con otros, os habéis empeñado en esta obra por no haber seguido la luz. Si hubierais estado en la luz, no podríais ni habríais hecho esto. Cada uno de vosotros que ha tenido una parte en esta obra hará frente a la condenación de Dios, a menos que hagáis un cambio completo en vuestro negocio. Debéis comenzar de inmediato la tarea de librar vuestra alma de condenación... 520 (Nota: (1885) 5 T 354-361*Por supuesto se está hablando de la sidra fermentada. Actualmente en algunos países existe una sidra completamente dulce, sin fermentar, que no ofrece ningún inconveniente.* )

Después de haber tomado una posición decidida en contra de una participación activa en la obra de las sociedades de temperancia, todavía podríais haber retenido una influencia sobre otros en favor del bien, si hubierais actuado en forma concienzuda en consonancia con la fe que profesáis, pero ocupándoos en la manufactura de la sidra, habéis perjudicado muchísimo vuestra influencia; y lo que es peor, habéis traído oprobio sobre la verdad, y vuestras propias almas han sido dañadas. Habéis estado edificando una barrera entre vosotros y la causa de la temperancia. Vuestra conducta indujo a los no creyentes a poner en duda vuestros principios. No estáis haciendo sendas rectas para vuestros pies; y los cojos están tropezando y cayendo sobre vosotros para perdición.

No puedo ver cómo, a la luz de la ley de Dios, los cristianos pueden ocuparse en forma concienzuda en el cultivo del lúpulo o en la manufactura de vino o de sidra para el mercado. Todos estos artículos pueden usarse para el bien, y resultar una bendición; o pueden usarse mal, y resultar una tentación y una maldición. La sidra y el vino pueden conservarse cuando están recién preparados, y pueden conservarse dulces por largo tiempo; y si se usan en un estado no fermentado, no privarán a nadie de la razón. . .

Las personas pueden llegar a estar tan intoxicadas con vino y sidra como con bebidas más fuertes, y la peor clase de ebriedad es la producida por estas bebidas así llamadas suaves. Las pasiones son más perversas; la transformación del carácter es mayor, más determinada y obstinada. Unos pocos litros de sidra o de vino pueden despertar el gusto por bebidas más fuertes, y en muchos casos los que se han convertido en bebedores confirmados han echado así el fundamento del hábito de beber. Para algunas personas no es de ninguna manera seguro tener vino o sidra en la casa. Han heredado un apetito por los estimulantes, que Satanás está induciéndoles continuamente a complacer. Si ceden a las tentaciones, no se detienen; el apetito exige ser satisfecho, y resulta gratificado para la ruina de ellos. El cerebro es embotado y entorpecido; la razón ya no tiene las riendas, sino que éstas son dejadas a la merced del vicio. La licencia, el adulterio y los vicios de todo tipo se cometen como resultado de complacer el apetito por el vino y la sidra. Un religioso profeso que ame estos estimulantes, y que se acostumbra a usarlos, nunca crece en la gracia. Se hace tosco y sensual; las pasiones animales gobiernan las facultades superiores de la mente, y la virtud no se desarrolla.

El beber moderadamente es la escuela en que los hombres reciben una educación para la carrera de la embriaguez. Satanás arrastra a una persona en forma tan gradual del baluarte de la temperancia, en forma tan insidiosa el inofensivo vino y la sidra ejercen su influencia sobre el gusto, que el camino a la ebriedad es tomado en forma insospechada. Se cultiva el gusto por los estimulantes; el sistema nervioso resulta perturbado; Satanás mantiene la mente en un estado febril de inestabilidad, y la pobre víctima, creyendo que está perfectamente segura, avanza más y más hasta que toda barrera resulta rota, y todo principio sacrificado. Las resoluciones más fuertes son derribadas, y los intereses eternos no son lo suficientemente fuertes para mantener el apetito degradado bajo el control de la razón.

Algunos nunca llegan en realidad a estar ebrios, pero están siempre bajo la influencia de la sidra o del vino fermentados. Ellos están febriles, tienen una mente desequilibrada, aunque no experimenten en verdad delirios, pero ésta está en una condición igualmente mala; porque todas las facultades nobles de la mente son pervertidas. Una tendencia a enfermedades de varias clases, como hidropesía, problemas del hígado, nervios inestables, y una congestión de la cabeza, resultan del uso habitual de la sidra fermentada. Por medio de su empleo muchos se acarrean enfermedad permanente. Algunos mueren de tuberculosis o sucumben a la apoplejía solamente por esta causa. Algunos sufren dispepsia. Aun la función vital es retardada y los médicos les dicen que tienen enfermedad del hígado, cuando si ellos rompieran el barril de sidra, y nunca lo reemplazaran, sus fuerzas vitales, de las cuales habían abusado, recuperarían su vigor.

El beber sidra induce al uso de bebidas más fuertes. El estómago pierde su vigor natural, y se necesita algo más fuerte para despertar su acción. . . Vemos el poder que el apetito por las bebidas fuertes tiene sobre los hombres; vemos cuántos de todos los profesionales y personas que llevan pesadas responsabilidades -hombres de exaltada condición, que poseen eminentes talentos, que han logrado grandes conquistas, hombres de buenos sentimientos, y de nervios fuertes, y de una buena facultad de raciocinio- lo sacrifican todo por la complacencia del apetito, hasta que quedan reducidos al nivel de los brutos; y en muchísimos casos la marcha descendente comenzó con el uso del vino o de la sidra.

Cuando los hombres y las mujeres inteligentes que profesan ser cristianos, sostienen que no es dañino hacer vino o sidra para el mercado, porque cuando están sin fermentar no intoxican, me siento muy triste. Yo sé que este asunto tiene otro aspecto al cual ellos rehusan mirar; pues el egoísmo les ha cerrado los ojos a los terribles males que pueden resultar del uso de estos estimulantes. . .

Como pueblo, profesamos ser reformadores, pretendemos ser los portadores de la luz al mundo, ser fieles centinelas de Dios, y guardar toda avenida por la cual Satanás podría llegar con sus tentaciones para pervertir el apetito. Nuestro ejemplo e influencia deben ser un poder del lado de la reforma. Debemos abstenernos de toda práctica que embota la conciencia o estimula la tentación. No debemos abrir ninguna puerta que le dé acceso a Satanás a la mente de un solo ser humano formado a la imagen de Dios. Si todos fueran vigilantes y fieles en guardar las pequeñas aberturas hechas por el uso moderado de las así llamadas bebidas inofensivas, es a saber el vino y la sidra, el camino a la ebriedad sería cerrado. Lo que se necesita en toda localidad es un firme propósito, y una voluntad de no tocarlos, de no gustar los, de no manejarlos; entonces la reforma en pro de la temperancia sería poderosa, permanente y cabal. . .

El Redentor del mundo, que conoce bien el estado de la sociedad en los últimos días, representa el comer y el beber como los pecados que condenan esta era. Nos dice que como fue en los días de Noé así será cuando se revele el Hijo del hombre. "Estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos" (Mat. 24: 38, 39). Ese mismo estado de cosas existirá en los últimos días, y los que creen en estas advertencias usarán el máximo cuidado de no seguir una conducta que los coloque bajo condenación.

Hermanos, consideremos este asunto a la luz de las Escrituras, y ejerzamos una decidida influencia del lado de la temperancia en todas las cosas. Las manzanas y las uvas son dones de Dios; pueden ser empleadas en forma excelente, como artículos sanos para la alimentación, y puede abusarse de ellas al emplearlas en forma errónea. Dios ha estado marchitando la cosecha de la viña y del manzano a causa de las prácticas pecaminosas de los hombres. Estamos delante del mundo como reformadores; no demos ninguna ocasión para que los incrédulos reprochen nuestra fe. Dijo Cristo: "Vosotros sois la sal de la tierra", "sois la luz del mundo". Demostremos que nuestros corazones y nuestras conciencias se hallan bajo la influencia transformadora de la gracia divina, y que nuestras vidas son gobernadas por los principios puros de la ley de Dios, aun cuando estos principios pueden requerir el sacrificio de intereses temporales.

Bajo el microscopio

756. Los que han heredado la sed de estimulantes antinaturales no deberían tener de ningún modo vino, cerveza o sidra a la vista o a su alcance, porque esto los expone continuamente a la tentación. Considerando inofensiva la sidra dulce, muchos no vacilan en comprar una buena provisión de ella. Pero la sidra permanece dulce muy poco tiempo; pronto empieza a fermentar. El gusto picante que entonces adquiere la hace tanto más aceptable a muchos paladares, y el que la bebe se resiste a creer que ha fermentado. (Nota: (1905) M.C. 255*)

Aun el consumo de sidra dulce tal como se la produce comúnmente es peligroso para la salud. Si la gente pudiera ver lo que el microscopio revela en la sidra que se compra, muy pocos consentirían en beberla. Muchas veces los que elaboran sidra para la venta no son escrupulosos en la selección de la fruta que emplean, y exprimen el jugo de fruta agusanado y echada a perder. Los que ni siquiera pensarían en comer fruta dañina o podrida, no reparan en tomar sidra hecha con esta misma fruta y la consideran deliciosa; pero microscopio revela que aun al salir del lagar, esta bebida al parecer tan agradable es absolutamente impropia para el consumo.

Se llega a la embriaguez tan ciertamente con el vino, la cerveza y sidra, como con bebidas más fuertes. El uso de las bebidas que tienen menos alcohol despierta el deseo de consumir las más fuertes, y así se contrae el hábito de beber. La moderación en la bebida es la escuela en que se educan los hombres para la carrera de borrachos. Tan insidiosa es la obra de estos estimulantes más leves, que la víctima entra por el camino ancho que lleva a la costumbre de emborracharse antes de que se haya dado cuenta del peligro.

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