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La lección de 1844





LA LECCIÓN DE 1844


Lo que experimentaron los discípulos que predicaron el "Evangelio del reino" cuando vino Cristo por primera vez, tuvo su contraparte en lo que experimentaron los que proclamaron el mensaje de su segundo advenimiento. Así como los discípulos fueron predicando: "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios", así también Miller y sus asociados proclamaron que estaba a punto de terminar el período profético más largo y el último de que habla la Biblia, que el juicio era inminente y que el reino eterno iba a ser establecido. La predicación de los discípulos en cuanto al tiempo se basaba en las setenta semanas del 84 capítulo noveno de Daniel. El mensaje proclamado por Miller y sus colaboradores anunciaba la conclusión de los 2.300 días de Daniel 8: 14, de los cuales las setenta semanas forman parte. En cada caso la predicación se fundaba en el cumplimiento de una parte diferente del mismo gran período profético.

Como los primeros discípulos, Guillermo Miller y sus colaboradores no comprendieron ellos mismos enteramente el alcance del mensaje que proclamaban. Los errores que existían desde hacía largo tiempo en la iglesia les impidieron interpretar correctamente un punto importante de la profecía. Por eso, si bien proclamaron el mensaje que Dios les había confiado para que lo dieran al mundo, sufrieron un desengaño debido a un falso concepto de su significado.

Al explicar Daniel 8: 14: "Hasta dos mil y trescientas tardes y mañanas; entonces será purificado el santuario", Miller, como ya lo hemos dicho, aceptó la creencia general de que la tierra era el santuario, y creyó que la purificación de éste representaba la purificación de la tierra por el fuego en ocasión de la venida del Señor. Por consiguiente, cuando echó de ver que el fin de los 2.300 días estaba predicho con precisión, sacó la conclusión de que esto revelaba el tiempo del segundo advenimiento. Su error provenía de que había aceptado la creencia popular relativa a lo que constituye el santuario.

En el sistema simbólico -que era sombra del sacrificio y del sacerdocio de Cristo- la purificación del santuario era el último servicio efectuado por el sumo sacerdote en el ciclo anual de su ministerio. Era el acto final de la obra de expiación, una remoción o eliminación del pecado de Israel. Prefiguraba la obra final del ministerio de nuestro Sumo Sacerdote en el cielo, en el acto de borrar los pecados de su pueblo, consignados en los libros celestiales. Este servicio presupone una obra de investigación, una obra de juicios y precede inmediatamente a la venida de Cristo en las nubes del cielo con gran poder y gloria, pues cuando él venga, la causa de cada uno habrá sido fallada. Jesús dice: "Mi galardón está 85 conmigo, para dar la recompensa a cada uno según sea su obra" (Apoc. 22: 12, VM). Esta obra de juicio, que precede inmediatamente al segundo advenimiento, es la que

se anuncia en el primer mensaje angelical de Apocalipsis 14: 7: "¡Temed a Dios y dadle honra; porque ha llegado la hora de su juicio!" (VM).

Los que proclamaron esta amonestación dieron el debido mensaje a su debido tiempo. Pero así como los primeros discípulos declararon: "Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios", fundándose en la profecía de Daniel 9, sin darse cuenta de que la muerte del Mesías estaba anunciada en el mismo pasaje bíblico, así también Miller y sus colaboradores predicaron el mensaje fundado en Daniel 8: 14 y Apocalipsis 14: 7 sin echar de ver que el capítulo 14 de Apocalipsis implicaba otros mensajes que también debía ser proclamados antes del advenimiento del Señor. Como los discípulos se equivocaron en cuanto al reino que debía establecerse al fin de las setenta semanas, así también los adventistas se equivocaron en cuanto al acontecimiento que debía producirse al fin de los 2.300 días. En ambos casos la circunstancia de haber aceptado errores populares, o mejor dicho de haberse adherido a ellos, fue lo que impidió que vieran la verdad. Ambos grupos cumplieron la voluntad de Dios al proclamar el mensaje que él deseaba fuera anunciado, y ambos, debido a su comprensión equivocada del mensaje, sufrieron desengaños.

Sin embargo, Dios cumplió su propósito misericordioso al permitir que el juicio fuese proclamado precisamente como lo fue. El gran día estaba cercano, y en la providencia de Dios sus hijos fueron probados con respecto a un tiempo definido, a fin de que se manifestara lo que había en sus corazones. El mensaje tenía por objeto probar y purificar la iglesia. Los hombres debían ser inducidos a ver si sus afectos dependían de las cosas de este mundo o de Cristo y el Cielo. Profesaban amar al Salvador; debían, pues, probar su amor. ¿Estarían dispuestos a renunciar a sus esperanzas y ambiciones mundanas, para saludar con gozo el advenimiento de 86 su Señor? El mensaje tenía por objeto hacerles ver su verdadero estado espiritual; fue enviado misericordiosamente para despertarlos a fin de que buscaran al Señor con arrepentimiento y humillación.

Además, si bien el desengaño fue el resultado de una comprensión equivocada del mensaje que anunciaban, Dios iba a encaminar todo para bien. Los corazones de los que habían profesado recibir la amonestación iban a ser probados. En presencia de su desengaño, ¿se apresurarían a renunciar a su experiencia y a abandonar su confianza en la Palabra de Dios, o con oración y humildad procurarían descubrir en qué puntos no habían comprendido el significado de la profecía? ¿Cuántos habían obrado por temor o por impulso y arrebato? ¿Cuántos eran de corazón indeciso e incrédulo? Muchos profesaban anhelar el advenimiento del Señor. Al tener que sufrir las burlas, el oprobio del mundo y la prueba de la demora y del desengaño, ¿renunciarían a su fe? Porque no pudieron comprender de inmediato los caminos de Dios para ellos, ¿rechazarían verdades confirmadas por el testimonio más claro de su Palabra?

Esta prueba revelaría la fortaleza de los que con verdadera fe habían obedecido lo que creían ser la enseñanza de la Palabra y el Espíritu de Dios. Ella les enseñaría, como sólo esa experiencia lo podía hacer, el peligro que hay en aceptar las teorías e interpretaciones de los hombres en lugar de dejar que la Biblia se interprete a sí misma. La perplejidad y el dolor que iban a resultar de su error producirían en los hijos de la fe el escarmiento necesario. Los inducirían a profundizar aún más el estudio de la palabra profética. Aprenderían a examinar más detenidamente el fundamento de su fe, y a rechazar todo lo que no estuviera fundado en la verdad de las Sagradas Escrituras, por muy amplia que fuese su aceptación en el mundo cristiano.

A estos creyentes les pasó lo que a los primeros discípulos: Lo que en la hora de la prueba parecía oscuro a su inteligencia, les fue aclarado después. Cuando vieron "el fin del Señor", supieron que a pesar de la prueba que resultó de 87 sus errores, los propósitos del amor divino hacia ellos no habían dejado de seguir cumpliéndose. Merced a tan bendita experiencia llegaron a saber que "el Señor es muy misericordioso y compasivo"; que todos sus caminos "son misericordia y verdad, para los que guarden su pacto y sus testimonios" (El Gran Conflicto, págs. 391-403).

Cristo  en su santuario

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