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Estamos viviendo en el dia de la expiación




ESTAMOS VIVIENDO EN EL GRAN DÍA DE LA EXPIACIÓN


Estamos viviendo ahora en el gran día de la expiación. Cuando en el ritual simbólico el sumo sacerdote realizaba la propiciación por Israel, todos debían afligir sus almas, arrepentirse de sus pecados y humillarse ante el Señor, si no querían verse separados del pueblo. De la misma manera, todos los que desean que sus nombres se mantengan en el libro de la vida, deben ahora, en los pocos días que les quedan de este tiempo de gracia, afligir sus almas ante Dios con verdadero arrepentimiento y dolor por sus pecados. Hay 138 que escudriñar honda y sinceramente el corazón. Hay que deponer el espíritu liviano y frívolo al que se entregan tantos cristianos profesos. Empeñada lucha espera a todos los que quieran subyugar las malas inclinaciones que tratan de dominarlos. La obra de preparación es individual. No nos salvamos en grupos. La pureza y la devoción de uno no suplirá la falta de estas cualidades en otro. Si bien todas las naciones deben pasar en juicio ante Dios, él examinará el caso de cada individuo de un modo tan rígido y minucioso como si no hubiese otro ser en la tierra. Cada cual tiene que ser probado y encontrado sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante.

Solemnes son las escenas relacionadas con la obra final de la expiación. Incalculables son los intereses que ésta envuelve. El juicio se lleva ahora adelante en el santuario celestial. Esta obra se viene realizando desde hace muchos años. Pronto -nadie sabe cuándo- les tocará ser juzgados a los vivos. En la augusta presencia de Dios nuestras vidas deben ser pasadas en revista. En éste más que en cualquier otro tiempo conviene que toda alma preste atención a la amonestación del Señor: "Velad y orad; porque no sabéis cuándo será el tiempo". "Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti" (Mar. 13: 33; Apoc. 3: 3).

Cuando quede concluida la obra del juicio investigador, quedará también decidida la suerte de todos para vida o para muerte. El tiempo de gracia terminará poco antes que el Señor aparezca en las nubes del cielo. Al mirar hacia ese tiempo, Cristo declara en el Apocalipsis: "¡El que es injusto, sea injusto aún; y el que es sucio, sea sucio aún; y el que es justo, sea justo aún; y el que es santo, sea aún santo! He aquí, yo vengo presto, y mi galardón está conmigo, para dar la recompensa a cada uno según sea su obra" (Apoc. 22: 11, 12, VM).

Los justos y los impíos continuarán viviendo en la tierra en su estado mortal, los hombres seguirán plantando y edificando, comiendo y bebiendo, inconscientes de que la 139 decisión final e irrevocable ha sido pronunciada en el santuario celestial. Antes del Diluvio, después que Noé entró en el arca, Dios lo encerró en ella, dejando fuera a los impíos; pero por espacio de siete días el pueblo, al no saber que su suerte estaba decidida, continuó en su vida descuidada y ávida de placeres, y se mofó de las advertencias del juicio que lo amenazaba. "Así -dice el Salvador- será también la venida del Hijo del Hombre" (Mat. 24: 39). Inadvertida como ladrón a medianoche, llegará la hora decisiva que fija el destino de cada uno cuando será retirado definitivamente el ofrecimiento de la gracia que se dirige a los culpables.

"¡Velad pues . . . no sea que viniendo de repente, os halle dormidos!" (Mar. 13: 35, 36, VM). Peligroso es el estado de aquellos que, cansados de velar, se vuelven a los atractivos del mundo. Mientras el hombre de negocios está absorto en el afán de lucro, mientras el amigo de los placeres corre tras ellos, mientras la esclava de la moda está ataviándose, puede llegar el momento cuando el juez de toda la tierra pronuncie la sentencia: "Has sido pesado en la balanza y has sido hallado falto" (Dan. 5: 27, VM) (El Gran Conflicto, págs. 533-545).



Cristo  en su santuario
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